Hubo una época en España en la que un disco de plástico del tamaño de una moneda grande valía más que cualquier juguete caro de Navidad. No tenía batería, no hacía nada, no se movía… y aun así lo cuidabas como si fuera oro. Si tienes entre 35 y 40 años, sabes exactamente de qué estamos hablando. Esto es un viaje directo al patio del cole, a la merienda y a esa tele que marcó el ritmo de toda una generación.
Los tazos: el tesoro del recreo
Los tazos eran mucho más que un regalo dentro de una bolsa de patatas. Eran el motivo real por el que comprabas el paquete, aunque las patatas te dieran igual. Había tazos de Pokémon, de Looney Tunes, de Dragon Ball y de mil series distintas, y cada colección tenía su propia legión de niños obsesionados con conseguir el más raro, el más brillante o el más difícil de encontrar. En el cole no se hablaba de otra cosa: se organizaban cambios, se hacían apuestas y se montaban partidas en corro. Ese pequeño disco de plástico era la joya más preciada del barrio.
La fiebre Pokémon
Si hablamos de tazos, es imposible no hablar de Pokémon, porque fue una locura que iba mucho más allá de las cartas. La serie, los videojuegos, los peluches, los cromos, los propios tazos… todo formaba parte del mismo universo que nos tenía completamente absorbidos. Muchos recordarán el binder de cartas, ese álbum con fundas donde cada una se guardaba como si fuera un tesoro. Los intercambios en el recreo eran auténticas negociaciones internacionales: te ofrecían dos normales por una brillante y tenías segundos para decidir si hacías el negocio de tu vida o te estaban timando. Probablemente era lo segundo. Pokémon no fue solo una moda, fue una manera de vivir la infancia.
El Tamagotchi y la culpa eterna
Entre tanto coleccionable apareció el Tamagotchi, la mascota digital que te obligaba a hacerte responsable de un ser virtual que dependía de ti para todo: alimentarlo, limpiarlo, cuidarlo, jugar con él. Y aun así, casi siempre acababa muriéndose por tu culpa. El Tamagotchi tenía una pequeña mala intención: elegía los peores momentos posibles para necesitarte. Pitaba en clase, interrumpía una comida familiar o se ponía en modo dramático justo cuando estabas viendo la tele. Si no lo atendías, el desenlace era siempre el mismo: pantalla negra, luto y una culpa infantil imposible de olvidar.
La merienda, un ritual sagrado
La merienda de los 90 merecería un capítulo propio. Los Bubbaloo, los chicles Orbit, los Pazetas, las bolsitas de gusanitos, la Fanta de naranja y los bocadillos que tu madre te preparaba con todo el cariño del mundo, aunque tú soñaras con otra cosa. Era un momento del día que no se negociaba.
El Furby: el terror peludo de Navidad
Otro icono de la época fue el Furby, un juguete raro, peludo, con ojos grandes y una forma de hablar que mezclaba ternura con un punto inquietante. Se convirtió en el objeto de deseo de las Navidades de finales de los 90, con colas, escasez y niños que durante semanas fueron la envidia del colegio simplemente por tener uno.
Juegos sin pantalla: canicas, Scalextric y yo-yo
No todo era tecnología. Las canicas eran el juego más antiguo, más simple y más competitivo del patio: no hacía falta dinero, ni pilas, ni nada. El Scalextric convertía cualquier cumpleaños en una leyenda: dos coches, una pista de curvas y la frustración eterna de no controlar la velocidad antes de chocar. Y luego llegó la fiebre del yo-yo, que invadió patios y parques. Todo el mundo decía saber hacer trucos y la mayoría terminaba con la cuerda enredada o el disco golpeándole los nudillos.
El Brick Game y los Power Rangers
También estaba el Brick Game, esa consola barata que básicamente servía para jugar al Tetris y a cuatro cosas más. En aquella época, cualquier pantalla con botones te daba horas de entretenimiento. Y cómo olvidar a los Power Rangers: cinco chavales con trajes de colores que luchaban contra monstruos de cartón y acababan pilotando un robot gigante. No tenía mucho sentido, pero funcionaba. Y funcionaba muy bien.
La tele que marcaba el ritmo de la tarde
La televisión tenía horarios, rituales y programas que eran parte de tu vida. Dragon Ball Z era casi un evento nacional: ver a Goku transformarse en Super Saiyan dentro de casa era algo serio, y la pelea contra Freezer o Cell duraba tanto que parecía que la serie nunca acabaría, pero a nadie le importaba. También estaba Doraemon, el gato robot del futuro con su bolsillo mágico, Rugrats con sus bebés aventureros, Las Tres Mellizas con su éxito brutal en España, y Art Attack, donde millones de niños intentamos hacer manualidades imposibles con resultados bastante cuestionables.
El catálogo de Navidad: la Biblia de diciembre
Y por último, uno de los símbolos más claros de aquella infancia: el catálogo de juguetes navideño. Se ojeaba una y otra vez, se subrayaban páginas, se marcaban favoritos y luego se escribía la carta a los Reyes Magos con una mezcla de ilusión y estrategia pura. Porque todo eso formaba parte de la misma experiencia: crecer en los 90 en España, una época en la que los planes eran sencillos, los juegos más físicos y la felicidad se encontraba en cosas que hoy parecen mínimas, pero que entonces lo eran todo.